“Una flor en la luna”: Cristina Lamar fusiona la calidez del Mediterráneo con el alma musical de Colombia
Cristina presenta su nuevo álbum grabado enteramente “en bloque” y sin metrónomo, estrena su repertorio en el planetario de Maloka y defiende la ternura frente a las narrativas actuales del desamor.
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La búsqueda de la pureza en la música contemporánea suele ser un camino de resistencia, especialmente en una época donde los algoritmos y la edición por capas dominan los estudios de grabación. Cristina Lamar se sitúa en la orilla opuesta de esta tendencia en este 2026, presentando un trabajo discográfico que es un verdadero monumento a la fragilidad humana y al sonido orgánico. Su nuevo álbum, titulado “Una flor en la luna”, es una obra que entrelaza la esencia de sus raíces europeas con la vibración cultural de nuestro país. Lamar manifiesta que el título del proyecto funciona como un símbolo de resiliencia espiritual, evocando la fe absoluta de que las cosas aparentemente imposibles —como ver florecer la vida en el vacío lunar o encontrar un afecto luminoso y transparente— pueden suceder si se protegen con honestidad.
El proceso detrás de esta producción implicó un cambio notable en la instrumentación de la artista, sustituyendo la solemnidad del piano por los acordes libres del cuatro venezolano. La intérprete relata que descubrió este instrumento de cuerda durante una etapa profundamente nómada en sus recorridos por Colombia; al no contar con un piano a la mano, el cuatro se transformó en su compañero de noches enteras, sirviendo de base para la creación de piezas centrales de su catálogo como “Septiembre”. Esta frescura instrumental se trasladó al estudio de grabación bajo una metodología rigurosa: el álbum fue registrado en bloque, con todos los músicos tocando en círculo dentro de la sala, renunciando por completo al uso del metrónomo digital para capturar la magia de las miradas y el valor de los silencios compartidos.
La arquitectura lírica de Cristina Lamar se nutre de un diálogo constante entre las dos orillas que habitan en su piel. El disco fue concebido bajo el frenesí y la intensa manera de sentir del público colombiano, pero se trasladó a la calma de las costas del Mediterráneo para decantar la escritura de sus letras. Con un equipo de músicos netamente locales, la cantautora adoptó modismos andinos como la palabra puna para enriquecer sus canciones y confiesa su absoluto enamoramiento de expresiones cotidianas como “parchar”. En cuanto a su mensaje, la artista rechaza la etiqueta de rebelde y se define simplemente como una creadora con una inmensa esperanza, lamentando que el entorno actual hable de forma tan áspera sobre las relaciones humanas.
“Grabar un álbum en bloque y sin la guía de un metrónomo nos permitió rescatar la humanidad de las canciones; si la banda decide hacer un parón o un silencio en medio de la sesión, es porque nos hemos mirado a los ojos y sentimos que la historia exigía contarse con ese respiro.”
El bautizo de esta producción se llevó a cabo en las instalaciones del planetario de Maloka en Bogotá, un escenario elegido con precisión para hacer honor a la temática astronómica del disco y para ofrecer un concierto de carácter familiar accesible a todas las edades. Temas como “El lugar correcto” y un mantra interpretado a capela bajo el título de “Si mañana se acaba el mundo” resonaron en el recinto, demostrando que la propuesta conecta con la melancolía y el optimismo de la audiencia regional. Tras consolidar este hito de agradecimiento al universo en territorio colombiano, Cristina Lamar prepara las maletas para retornar a España, donde tiene programado iniciar en el mes de junio una serie de presentaciones en las ciudades de Barcelona y Madrid, expandiendo los límites de un romanticismo que se niega a perder la ternura.
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