Luister La Voz del barrio y el eco de una generación
El cartagenero, devela cómo encontró su verdadero camino lejos de las canchas de fútbol.
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Luister La Voz, dejó atrás el sueño del fútbol para descubrir que su verdadero destino estaba en la música. Nacido en Cartagena, el artista creció entre la fe de su hogar y los ritmos de la calle, una dualidad que lo llevó a crear un sonido urbano que no se deja encasillar ni agregar etiquetas. Aunque la champeta hace parte de su ADN, sus canciones van más allá de la fiesta, ya que transmiten amor, respeto y tolerancia, cualidades que la dan sentido a su sobrenombre al usar su voz como un puente cultural con letras dicientes.
El cantante es un “champetúo que no se considera champetúo”, uno que es creyente, pero que su música está lejos de ser religiosa. Es un artista que de manera sutil impregna los valores inculcados en casa, mismos que de una u otra manera son un “yugo” y su libertad.
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Aunque Luister creció un estilo de vida marcado por la religión, el cantante separa sus creencias de su arte; pero impregna sus letras con su fe. Por ello, para entender la música de Luister La Voz, primero hay que entender su brújula. No se trata de una estrategia de marketing, sino de un principio de vida que recita con certeza en momentos de duda:
“Él da esfuerzo al cansado y multiplica las fuerzas a quien no tiene ninguna”. Esta no es una simple frase; es el motor que impulsa su mensaje, uno ligado a la fe, al barrio y, a música con sentido.
De las canchas a los escenarios
La historia de Luister La Voz comenzó pateando un balón de fútbol, pero encontró su llamado en los estudios de grabación. Es decir; lejos estaba el sueño de ser cantante.
Tras incursionar en las divisiones menores del Real Cartagena, su destino cambió por un tío. Este lo escuchó cantar y le insistió para que se adentrara en la música. “Él fue la persona que me descubrió, que me dijo: ‘tú tienes talento, canta, atrévete’, recuerda Luister. Con algo de duda, pero con el apoyo del familiar, el artista probó que las cosas no siempre son lo que uno planea, sino lo que Dios tiene escrito.
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Su primera vez frente a un micrófono fue en un estudio de grabación. Ese día, con la ayuda de su tío y de su productor, hizo su primera canción tras volarse del colegio, pero también confirmó que lo suyo era la música. “Ahí sentí que me olvidé todos mis problemas. Problemas familiares, problemas de barrio, problemas en el colegio […] Sentí que la música era la que me acogía y me olvidaba de todo eso. Estaba destilando amor con ella y estaba expresándome a través de ella”, explica.
Esa sesión no solo le dio una carrera, le dio un refugio. La música se convirtió en el canal para transformar las dificultades en arte y para dejar atrás el deporte con la intención de llevar un mensaje diferente.
“Culturalmente, soy champetúo. Artísticamente, no soy champetúo”
Aunque el público relaciona la champeta de Luister como un acto de libertad debido al origen de esta en las calles de Cartagena. Lo cierto es que él no se considera un artista de champeta; prefiere no llevar etiqueta alguna pese a tener el talento para crear dicho estilo.
“Yo la verdad no soy un artista de champeta. No me declaro un artista de champeta porque no sé hacer champeta como tal. De pronto si puedo hacerla y la hago y me sale bien, porque he escuchado y tengo influencia; pero, yo soy un artista urbano y dentro de la rama del urbano está la champeta”.
El sonido de Luister es producto de una educación musical variada. El artista confiesa que crecer en Cartagena amplió su espectro musical y cultural, ya que, de puertas para adentro, escuchaba baladas, pop, rock y música cristiana; y, de puertas para afuera, la calle vibraba con champeta africana, salsa brava y merengue. Esta dualidad le dio la versatilidad para fusionar géneros de forma natural
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La Champeta, una raíz cultural
Si bien el artista deja en claro que estaba enamorado del género, lo cierto es que incursionó en él hasta su quinta canción. ‘Bésame’ le dio éxito económico y llamó la atención de todos; el impacto fue tal que grabó otras dos champetas la misma semana. Y con tan solo tres canciones obtuvo el dinero que luchó por mucho tiempo en el fútbol.
“Yo cuando jugaba fútbol en las divisiones menores del Real estaba peleando por un contrato de 800 mil pesos mensuales. Entonces con mi primera champeta yo me gané, creo que fueron 250 mil. Y al día siguiente grabé dos más, entonces me hice lo del contrato en tres canciones”.
Aunque en un principio vio esta oportunidad más como una salida económica para ayudar en su casa, lo cierto es que la champeta no fue simplemente una elección estilística; fue la convergencia perfecta entre la pasión y dinero. De repente, el arte que lo sanaba también se convirtió en una salida económica real, una herramienta para ayudar en su casa y a sus amigos. Este no fue un acto de venderse, ya que el dinero no creó el amor por la música, pero sí le dio la validación y la estabilidad para que ese sueño se transformara en su proyecto de vida.
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El tono de Luister La Voz
El apodo ‘La Voz’ no fue su elección, sino un reconocimiento otorgado en los estudios debido a que, por un lado, su estilo era distinto a la champeta de la época; por el otro lado, sus producciones destacaban por la fusión de ritmos, marcando un nuevo camino musical para el género en ese momento.
Su capacidad para innovador generó un impacto inmediato en la industria. Cuando irrumpió en la escena, marcó un antes y un después, ya que respetó el camino que había recorrido Kevin Flórez al llevar el género a todo el país y, Mr. Black al posicionarlo como identidad cartagenera. Si bien musicalmente estaba creando desde el urbano, los productores y colegas comenzaron a identificarlo por su talento vocal distintivo. Como recuerda el cantante, “hubo como una marca y esa marca, ellos la llamaron la voz”, consolidando la firma que hoy lo define.
Actualmente y, sin ánimo de ser reconocido exclusivamente como un artista de champeta, Luister la ha fusionado con R&B, Tropipop e incluso Vallenato y Reggaetón en su colaboración con Silvestre Dangond y Ryan Castro.
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En su paso por Espacio G, el cartagenero deja en claro que es el resultado del esfuerzo, dedicación, disciplina, talento y la necesidad de ser un mensajero del amor en todas sus formas. A esto se suma, lo que él llama “yugo”, algo que no es más que una jerarquía de valores heredada de sus padres, de su paso por el barrio y de la palabra de Dios.
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