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Disciplina, ajiaco y la herida abierta del Ave Real: Juan Soria trae el norteño a Colombia

Directo desde Monterrey, ‘El Ave Real de Nuevo León’ aterriza en Bogotá para presentar ‘Belleza de cantina’, defender el respeto al público en la tarima y recordar que los hombres sí lloran.

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El puente cultural entre México y Colombia a través de la música popular es cada vez más fuerte. Siguiendo esa ruta, Juan Soria, conocido artísticamente como El Ave Real de Nuevo León, llegó a Bogotá en este 2026 para presentar su carta de presentación en el país: Belleza de cantina. Compuesta por una autora llamada Flor, la canción narra la historia de un hombre casado que regresa a una cantina para comprobar si aún ama a un viejo amor prohibido, topándose con la dura realidad de que el mundo de ella pertenece irrevocablemente a la vida nocturna. Aunque el norteño tradicional compite en el dial con géneros locales como el vallenato, Juan Soria ya probó el fervor local en municipios como Nocaima, donde su palomazo fue tan bien recibido que el alcalde lo invitó formalmente para las ferias del próximo año con su agrupación completa. Durante su estadía en la capital, el artista cayó rendido ante la gastronomía local, declarándose un amante absoluto del ajiaco santafereño.

Detrás de su potente ejecución en el bajo quinto y el acordeón, el regiomontano esconde una disciplina de hierro para cuidar su herramienta de trabajo. Juan Soria le huye por completo a las piezas heladas; si se toma una cerveza en el escenario, la exige estrictamente al tiempo o la entibia con “un besito” en la boca antes de pasarla para lubricar la garganta. Evita las grasas, los condimentos y jamás se levanta descalzo. Su rutina pre-show parece más la de un atleta que la de un músico bohemio: se estira, vocaliza y mueve las extremidades como un futbolista para evitar calambres en plena ejecución, un percance que ya le ocurrió una vez en un clima frío y le entumeció la mano en plena canción.

Esta rigurosidad fundamenta su dura crítica hacia las corrientes actuales de la música regional, señalando que presentarse borracho en una tarima es una falta de respeto para un público que paga una entrada. Su profesionalismo es tal que, en una ocasión, un sombrero lanzado desde el público le golpeó el ojo en pleno show; lejos de detenerse, insultar o exigir que bajaran al asistente, cerró el ojo y continuó cantando con total calma mientras asimilaba el dolor.

Romper el machismo y cantar desde el luto real

La seriedad del Ave Real frente al micrófono adquiere un matiz profundamente conmovedor al abordar el clásico Los hombres no deben llorar. El cantante tilda de machista esa vieja premisa y asegura con total honestidad que los hombres lloran, muchas veces en un silencio pesado. Al indagar sobre su propia vida, Juan confiesa que la herida más profunda de su corazón es el fallecimiento de su esposa, con quien compartió veinte años de matrimonio. El luto es tan real que sus ojos lagrimean de forma espontánea en medio de las conversaciones cotidianas, una marca física de un amor profundo que el tiempo no ha podido borrar.

“A mis 18 años tuve mi primer despecho porque a una novia se la llevaron para Estados Unidos, y ahí sí tomé bastante. Pero hoy en día el dolor es diferente. Yo amé profundamente a mi esposa durante dos décadas; hoy soy viudo y las lágrimas se me salen solas. Traigo el recuerdo conmigo a donde voy.”

Con planes firmes para regresar al estudio y diseñar un videoclip narrativo para Belleza de cantina —el cual planea rodar aprovechando los paisajes colombianos—, Juan Soria se despide dejando una lección de humildad. Entre el asedio de fanáticas atrevidas que le lanzan prendas o esposos particulares que le piden besar a sus mujeres, el Ave Real de Nuevo León prefiere mantener la distancia madura, concentrarse en la memoria de sus canciones y seguir refugiándose en el buen café colombiano mientras conquista las cantinas del país.

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