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El precio de pasar al frente: Fredy Montoya y el arte de no ser un artista desechable

Tras 27 años recorriendo las carreteras del país y tocando el acordeón para los grandes del despecho, Fredy consolida su proyecto solista sin olvidar los sacrificios del camino ni el empujón que le cambió la vida.

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Si alguien pudiera viajar en el tiempo para encontrarse con ese niño de ocho años que recibió su primera guitarra en Pereira, el mensaje sería directo: valió la pena cambiar los carritos, los juegos en la calle y las canicas por la música. Hoy, Fredy Montoya mira hacia atrás con el orgullo de quien ha recorrido las carreteras de Colombia unas cinco veces, acumulando trasnochadas, anécdotas e imperfecciones viales, pero también el respeto de un gremio que lo conoce como el cerebro detrás de grandes producciones. Sin embargo, pasar de la comodidad del anonimato en el estudio al centro del escenario requirió pagar facturas muy altas y recibir un empujón inesperado.

La factura cobrada por la carretera y el peso de los escenarios

El éxito en la música popular rara vez llega gratis, y para Montoya la cuenta de cobro más dura ha sido el tiempo lejos de su hogar. El artista confiesa que no vio crecer a sus hijos como hubiera querido, perdiéndose fechas tan cruciales como los 24 y 31 de diciembre o, peor aún, el día de grado de su hija. Planear durante años el futuro universitario de un hijo para terminar ausente el día de la ceremonia debido a un compromiso adquirido con anterioridad es el tipo de cicatriz que deja este oficio. No obstante, el cantautor asume este costo con resiliencia, asegurando que esos mismos dolores fueron los que lo obligaron a ver su arte no como un pasatiempo, sino como una profesión seria y apasionada.

“Le diría a ese niño de ese entonces que el sacrificio valió la pena. Dejar de lado los juguetes nos dio una vida que muchos quisimos cuando estábamos chicos, y nos hizo ver este arte con tanta seriedad que hoy la gente nos reconoce el esfuerzo.”

El “despido” más afortunado de la música popular

Durante más de dos décadas, Fredy Montoya fue el acordeonista de confianza y el productor estrella de figuras de la talla de Fernando Urbano, Pipe Bueno, Jhon Alex Castaño —a quien le produjo y arregló su primer gran éxito Déjala que se vaya en su propio estudio— y Francy, la voz popular de América. Con esta última vivió el punto de quiebre de su historia. Un buen día, la intérprete lo llamó a su camerino con tono serio y, sin saludarlo, le soltó una frase lapidaria: «Hasta hoy trabaja conmigo». El desconcierto inicial de Montoya se transformó en gratitud cuando Francy le aclaró que no se trataba de un regaño, sino de una expulsión obligatoria para que dejara de esconderse detrás del acordeón.

Francy había escuchado Ángel o Demonio, una composición de Montoya basada en una vivencia personal, y supo de inmediato que tenía entre manos un éxito nacional. Esa “patada hacia el futuro” lo obligó a independizarse y a fundar su propia organización musical, bautizada como Los Escorpiones. Siguiendo la tradición de las agrupaciones de música norteña mexicana que adoptan nombres de la naturaleza o del reino animal, Fredy eligió este arácnido por el poder de sus tenazas, las cuales hoy adornan orgullosamente el logotipo de su marca.

El peligro de lo desechable y la inspiración que brota del mareo

Para Fredy Montoya, el corazón de una buena canción de despecho siempre reside en el ritmo, pues considera que el cuerpo humano reacciona inconscientemente a la música antes de procesar la letra. Sus historias nacen de las conversaciones de cantina, del parche con amigos y de situaciones tan inusuales como un viaje de vacaciones en Cartagena. Mientras se encontraba a bordo de una lancha que quedó varada y empezó a tambalearse de forma incómoda, el movimiento, en lugar de provocarle un mareo, le dictó el compás de El destino nos unió, un tema que narra cómo la amistad de años puede transformarse inesperadamente en un amor apasionado.

Esta forma orgánica de crear contrasta fuertemente con su visión de la industria actual en este 2026. Montoya, quien comenzó su carrera en la época en que apenas aparecía el formato CD y tocaba visitar las emisoras puerta a puerta con una caja de casetes bajo el brazo, ve con preocupación la velocidad del mercado digital. Para el músico, las plataformas han vuelto la música un producto desechable que a veces no dura más de tres meses en el radar porque el público está a un solo dedo de distancia de cambiar la pista. Su gran reto ha sido dar el salto tecnológico y sostenerse vigente desde su debut como solista en 2017, demostrando que las buenas canciones no caducan rápido.

Estadios, leyendas y el arte de la improvisación instantánea

El camino como solista le ha regalado momentos memorables, como su reciente presentación en el Estadio El Campín de Bogotá, donde interpretó el remix de Ángel o Demonio ante una multitud junto a Jessi Uribe. A pesar de la imponencia de los grandes estadios, Fredy confiesa que prefiere la calidez de los escenarios pequeños, donde puede mirar a los ojos al público bebedor y apasionado. Esta cercanía la vivió con fuerza en su reciente gira por Estados Unidos, cantando para la diáspora colombiana que lleva años sin pisar su tierra y encuentra en sus canciones un refugio de nostalgia y patria.

El radar para el próximo semestre viene cargado de novedades y alianzas de primer nivel. Este mismo viernes se estrenará su colaboración con Las Hermanitas Calle, un proyecto donde revivieron los grandes clásicos de las leyendas del despecho e interpretaron juntos el tema Ándale. Asimismo, se cocina un nuevo junte con su viejo amigo Jhon Alex Castaño. Con la versatilidad de quien puede improvisar un coro popular con trompetas sobre la marcha —bien sea para cantar sobre un guayabo monumental o sobre el drama de descubrir que tu pareja tiene Tinder Premium—, Fredy Montoya demuestra que el acordeón fue solo la escuela para convertirse en un artista completo.

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